Como MÉDICO DEL CORAZÓN, INSISTO a los mayores a tomar esta vitamina que destapa las venas
Mi padre es un hombre de campo, de esos que consideran que ir al médico es sólo para casos extremos. Durante años, lo vimos quejarse de un hormigueo molesto en las manos y una sensación rara en los pies, como si caminara sobre piedras pequeñas. Lo atribuía al trabajo, a los años, al frío. Pero cuando empezó a despertarse por las noches con calambres y esa molestia se volvió ardor, supimos que algo no andaba bien. El diagnóstico, después de varias vueltas, fue neuropatía periférica. El médico le explicó que eran los nervios de las extremidades, dañados por el tiempo y quizás por un azúcar un poco alto que siempre había ignorado.
Le recetaron pastillas, las típicas para el dolor nervioso. Mi papá las tomó unos días, pero le caían pesadas, le daban sueño y, según él, "lo ponían ido". Así que, en su rebeldía silenciosa, decidió buscar alternativas. Un día llegó a casa con una bolsita llena de envases pequeños. "Esto me recomendó don Toño, el de la ferretería", nos dijo. "Dice que es la mejor vitamina para los nervios". Con cierto escepticismo, miramos lo que había comprado: complejo B, pero de una marca específica, y unas cápsulas de ácido alfa lipoico.
Lo curioso es que, al consultar de nuevo con el especialista, este nos explicó que don Toño no iba tan desencaminado. Resulta que las vitaminas del grupo B, especialmente la B1, la B6 y la B12, son fundamentales para la salud del sistema nervioso. Ayudan a reparar la vaina que recubre los nervios, como si fueran el aislante de un cable eléctrico. Y el ácido alfa lipoico, un antioxidante potente, tiene la capacidad de reducir el daño oxidativo en los tejidos nerviosos y mejorar la transmisión de los impulsos. El médico nos dijo que, en muchos casos, este combo puede ser un gran aliado, sobre todo cuando hay deficiencias nutricionales o daños por metabolismo.
Mi papá, fiel a su estilo, empezó a tomar ambas cosas cada mañana con el desayuno. También, por consejo del médico, se propuso caminar descalzo sobre el pasto un rato cada tarde, para "despertar" las terminaciones nerviosas de los pies. No fue de la noche a la mañana, pero al mes, el cambio era notable. Los pinchazos en las manos cedieron y esa sensación de ardor en los pies se volvió un recuerdo lejano. Verlo dormir toda la noche, sin despertarse sobresaltado por los calambres, nos devolvió la tranquilidad. Ahora él mismo dice, con orgullo, que no hay pastilla que quite el sueño que valga más que un par de vitaminas bien puestas y las ganas de sentirse bien.