Crema casera con vaselina que rejuvenece tu piel al instante 💆‍♀️

El otro día fui a visitar a mi tía abuela Elena, que acaba de cumplir 80 años. Mientras tomábamos café, no pude evitar quedarme mirándole las manos. No es que tuviera la piel de una veinteañera, claro, pero había algo en ellas que resultaba extrañamente luminoso, como si estuvieran hidratadas desde dentro. No pude contenerme y le pregunté: "Tía, ¿qué te echas?". Ella soltó una risilla cómplice, de esas que anuncian que viene confesión. Acto seguido, se levantó del sillón, fue a la cocina y volvió con un tarro de cristal reciclado, de esos donde antes vendían mermelada. Lo puso en la mesa y dijo: "Esto. Me lo hago yo misma desde que tenía tu edad".

Abrí el tarro y me encontré con una crema blanca, densa, de textura untuosa y brillo perlado. Al olfatear, no reconocí ningún perfume sofisticado, sino un olor neutro, casi de farmacia de las de antes. Mi tía, viendo mi cara de intriga, me explicó: "Es vaselina sólida, de la blanca, mezclada con el aceite de dos cápsulas de vitamina E y un poquito de esencia de rosas que me regalaron para disimular el olor". Me confesó que no podía permitirse las cremas caras que anuncian en televisión, así que, hace más de cincuenta años, una vecina le pasó la receta. "La vaselina crea una capa que sella la humedad de la piel y la vitamina E ayuda a regenerar", me dijo, como si fuera toda una química.

Me contó que se la aplica cada noche, religiosamente, antes de acostarse. Solo un poquito, calentándola entre las yemas de los dedos y dando pequeños toques, sin arrastrar, por todo el rostro, el cuello y las manos. "Al principio la gente se reía", añadió, "decían que me iba a tapar los poros o que me iba a poner grasienta". Sin embargo, con los años, fueron las mismas amigas las que empezaron a pedirle el tarro prestado cuando veían que sus arrugas de expresión eran más profundas que las de ella.

Mientras cerraba el tarro, entendí que aquello no era solo una crema. Era el testimonio de que la constancia puede más que cualquier fórmula cara. Aquella mezcla simple de farmacia, aplicada con fe cada noche durante décadas, había hecho más por su piel que todos los potes de lujo que acumulan polvo en los baños. Me regaló un tarrito para mí. Esa noche, antes de dormir, lo abrí y, siguiendo su consejo, empecé a escribir mi propia historia de constancia.

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