Un médico naturalista que para mí fue un ángel de Dios, me cambió la pastilla
Si hay una planta infravalorada en la cocina, esa es el apio. Normalmente lo vemos como ese acompañante crujiente en una ensalada o el ingrediente olvidado en el caldo de verduras. Pero mi abuela, que vivió 94 años con una salud de hierro, lo llamaba "la escoba del cuerpo". Y no le faltaba razón. Ella decía que el apio, bien usado, era capaz de limpiar de un solo golpe la sangre, la piel, los riñones, el hígado y el páncreas. Yo me reía hasta que empecé a investigar.
El apio es mucho más que agua y fibra. Contiene un compuesto llamado apigenina, un flavonoide con propiedades antiinflamatorias y antioxidantes muy potentes. También es rico en potasio, vitamina K, folatos y una sustancia llamada 3-n-butilftalida, que le da su aroma característico y relaja los vasos sanguíneos. Pero vayamos por partes.
¿Cómo limpia la sangre? El apio actúa como un diurético natural suave. Ayuda a eliminar toxinas a través de la orina sin deshidratar el cuerpo, algo fundamental para personas mayores. Al depurar la sangre, mejora la circulación y reduce la presión arterial.
¿Y la piel? Cuando la sangre está limpia, la piel lo nota. El apio aporta sílice, un mineral que fortalece el colágeno y la elastina. Menos acné, menos sequedad y más luminosidad. Mi abuela se hacía mascarillas con apio triturado y miel, y a sus 80 años tenía una piel que muchos jóvenes envidiaban.
Para los riñones, el apio es un aliado incomparable. Su efecto diurético previene los cálculos renales y ayuda a eliminar el ácido úrico. Un vaso de jugo de apio en ayunas durante una semana puede hacer maravillas cuando sientes esa pesadez en los riñones.
El hígado también se beneficia. Los antioxidantes del apio protegen este órgano tan castigado por las comidas pesadas y los medicamentos. Ayuda a regenerar las células hepáticas y facilita la digestión de las grasas.
Y por último, el páncreas. El apio tiene un índice glucémico muy bajo y compuestos que ayudan a estabilizar los niveles de azúcar en sangre. Para personas con diabetes tipo 2 o prediabetes, incorporar apio a diario puede ser un gran complemento.
¿Cómo tomarlo? Lo más potente es el jugo de apio fresco solo. Se licúan cuatro o cinco ramas con un poco de agua, se cuela (opcional) y se bebe en ayunas. También se puede comer crudo en ensaladas o añadirlo a sopas, pero el calor reduce algunas de sus propiedades.
Eso sí, el apio no es un medicamento. No reemplaza un tratamiento médico. Y ojo: las personas con problemas de tiroides o que toman anticoagulantes deben consultar antes de abusar de él, porque su alto contenido en vitamina K puede interferir. Pero como limpiador natural, pocas plantas hacen tanto con tan poco. La abuela siempre tenía razón.