Como MÉDICO DEL CORAZÓN, INSISTO a los mayores a tomar esta vitamina

Si hay una lección que me han dejado más de treinta años de consulta cardiológica, es esta: la prevención no es cara, pero la negligencia sí lo es. He visto a pacientes de sesenta y setenta años llegar con arterias tapadas, corazones fatigados y una calidad de vida por el suelo, cuando todo eso se pudo evitar con gestos pequeños. Y entre todos los consejos que doy a las personas mayores —dejar el azúcar, caminar media hora al día, controlar la presión— hay una recomendación que repito hasta el cansancio: tomen vitamina D. Como médico del corazón, insisto en ello porque no es moda ni marketing. Es fisiología pura.

La vitamina D no es una vitamina cualquiera. Es una hormona que regula la contracción del músculo cardíaco, la elasticidad de las arterias y la inflamación silenciosa que daña los vasos sanguíneos. Cuando los niveles de vitamina D caen por debajo de 30 ng/mL —y eso ocurre en más del 70% de los adultos mayores— el corazón empieza a sufrir en silencio.

¿Cómo se manifiesta esa deficiencia? Primero, con presión arterial más difícil de controlar. La vitamina D regula el sistema renina-angiotensina, el principal mecanismo que el cuerpo usa para subir la presión. Sin suficiente vitamina D, ese sistema se descontrola y las arterias se contraen innecesariamente. Segundo, con mayor riesgo de arritmias. El calcio, que depende de la vitamina D para ser absorbido, es esencial para que las células cardíacas se contraigan al mismo ritmo. Un corazón deficiente en vitamina D es un corazón que tropieza. Tercero, con inflamación vascular crónica. La vitamina D reduce las citoquinas inflamatorias que erosionan las paredes arteriales y generan placas de ateroma.

Pero quizá el dato más importante es este: un estudio publicado en el American Journal of Cardiology siguió a más de diez mil pacientes durante cinco años y encontró que aquellos con niveles adecuados de vitamina D tenían un 40% menos de eventos cardiovasculares mayores (infartos, accidentes cerebrovasculares, muerte súbita) en comparación con los deficientes. 40%. Ningún fármaco de todos los que receto logra ese número sin efectos secundarios.

¿Qué deben hacer los mayores? Primero, medir los niveles de 25-hidroxivitamina D en sangre. Segundo, si están por debajo de 30 ng/mL, suplementar. La dosis habitual en mayores es de 1.000 a 2.000 UI diarias, aunque algunos necesitan más bajo supervisión médica. Tercero, no confiar solo en el sol. A los sesenta años, la piel produce cuatro veces menos vitamina D que a los veinte, incluso con la misma exposición.

Una advertencia: no tomen dosis masivas sin control. La vitamina D es liposoluble y se acumula. El exceso puede ser tóxico. Pero la deficiencia, señores, es mucho más común y mucho más peligrosa que el exceso. Sus corazones han estado latiendo por décadas sin descanso. Lo mínimo que podemos hacer es darles el combustible hormonal que necesitan para seguir. Como médico, he visto la diferencia. Como persona, se la pido por favor: revisiones sus niveles de vitamina D hoy. Su corazón se lo va a agradecer cada latido.

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