con dos cucharadas todas las mañanas adios dolores de huesos
Hoy, por fin, puedo escribirlo: adiós, dolores de huesos. Durante meses, han sido mis sombras. Me despertaban antes del alba, un rumor sordo en las rodillas al estirarme; un aviso en la cadera al girarme en la cama. Eran la primera conversación del día, esa que no pides pero te toca: hoy duele menos, o hoy no podré bajar las escaleras sin apoyarme.
Cargaba con la sensación de ser más vieja de lo que soy, como si dentro de mis piernas hubiera un invierno perpetuo. Los médicos decían “desgaste”, “cambios degenerativos”, palabras que suenan a que el cuerpo va dejando de ser tuyo. Caminar se volvió un acto de negociación. “Iré hasta la panadería, pero no al parque”, “me siento en la silla dura, pero no en el sofá que se hunde”. El dolor me había vuelto calculadora, tacaña de mis propios pasos.
Empecé a cambiar cosas pequeñas. Me obligué a moverme distinto, a estirar cada mañana sin prisas, a no permitir que el miedo al crujido me detuviera. Fue difícil. Al principio, las piernas parecían reclamar: “¿por qué nos molestas?”. Pero algo cambió. Dejé los antiinflamatorios que me entumecían la conciencia y busqué movimientos suaves, como si cada articulación aprendiera otro idioma: el del agua caliente, el de las caminatas lentas al atardecer, el de la respiración honda antes de levantarme.
Hoy noté que no pensé en el dolor al subir al autobús. No hice la mueca de costumbre. Y al llegar a casa, antes de cenar, me agaché a recoger un lápiz del suelo, sin apoyarme en la pared, sin planificar el gesto. Me quedé un segundo en cuclillas, casi riendo. ¿Ves? –me dije–. No era el fin. Era otra cosa: una llamada de atención.
Adiós, dolores de huesos. No me hagan falta. Sé que quizá vuelvan algún día, pero hoy no. Hoy escribo esto sentada en el suelo, con la espalda recta y las piernas cruzadas. Y no duele. Y es tan leve, tan ligero, que parece mentira.