Así desaparecía mi abuela sus várices sin medicamentos…
Mi abuela nunca fue de ir al médico para todo. Ella decía que el botiquín de verdad estaba en la despensa y en el huerto. Cuando empezó a notar esas venas moradas y retorcidas en las pantorrillas, esas que tanto duelen y pesan al final del día, no corrió a comprar cremas caras. Simplemente, recordó lo que su propia madre le había enseñado. Y con paciencia de hormiga, logró aliviar sus várices sin pastillas ni cirugías.
El secreto no era uno, sino dos ingredientes que todos tenemos en casa: vinagre de manzana y hojas de repollo.
Sí, así como lo oyes. Mi abuela se levantaba cada mañana, mojaba un paño limpio en vinagre de manzana sin diluir (del que tiene "la madre", ese que parece turbio) y lo pasaba suavemente por sus piernas, desde los tobillos hacia arriba. Lo dejaba actuar quince minutos mientras desayunaba. Luego se enjuagaba con agua tibia. El vinagre de manzana es rico en ácido málico y enzimas que ayudan a descongestionar las venas superficiales y mejorar la circulación local. Pero eso no era todo.
Por las noches, antes de acostarse, hacía lo que ella llamaba "el emplasto milagroso". Cogía una hoja grande de repollo verde, la lavaba bien, le quitaba el nervio central duro y la aplastaba un poco con el rodillo de cocina para que soltara sus jugos. Luego la envolvía alrededor de la pierna, justo sobre la zona donde asomaban las várices, y la sujetaba con una venda suave. Se dormía así. Por la mañana, la hoja amanecía mustia y caliente, como si hubiera "chupado" la inflamación.
¿Funciona? El repollo tiene compuestos azufrados y antioxidantes que actúan como antiinflamatorios naturales. Además, su frescor crea un efecto vasoconstrictor suave que alivia la sensación de piernas pesadas. Mi abuela repetía esto durante tres semanas seguidas, luego descansaba una. En dos meses, sus várices no habían desaparecido por completo (eso es casi imposible sin tratamiento médico), pero sí se habían vuelto menos abultadas, mucho más claras y, sobre todo, habían dejado de dolerle.
Eso sí, mi abuela siempre decía: "Esto ayuda, pero no hace milagros. Si te duelen mucho o se te hinchan las piernas, ve al médico". Ella combinaba sus remedios con caminar media hora al día y nunca estar más de una hora seguida de pie. Pero cuando alguien le preguntaba cómo tenía las piernas tan despejadas a sus 80 años, sonreía y contestaba: "Vinagre, repollo y mucha constancia".